Por: Hno. Demetrio Espinosa

Una faceta de su vida que, seguro, no saldrá en los diarios

El viernes 26 de junio, falleció Hermes Binner, político santafesino que nació en Rafaela en 1943. En la década del 50 hizo sus estudios primarios en el Colegio San José de los Hermanos Maristas. En su larga carrera política asociada al socialismo, ejerció diversos cargos: Intendente de Rosario, Gobernador de Santa Fe, Diputado Nacional e incluso candidato a Presidente de la Argentina en el 2011 junto a Norma Morandini.

Médico de profesión, en sus cargos ejecutivos, puso particular empeño en el cuidado de todo el sistema estatal de atención sanitaria mereciendo el reconocimiento de la Organización Panamericana de la Salud. Particularmente la Ciudad de Rosario se benefició de sus decisiones políticas, sobre todo en el área de la salud, durante los dos períodos que le tocó ejercer el cargo de Intendente.

Tras su fallecimiento, los elogios que ha recibido en estos días por parte de encumbrados representantes de todo el espectro político son más que elocuentes: líder claro, firme y democrático; político de una ética intachable; ejemplo de lucha por la construcción de sociedades más libres y más justas; honró cada espacio que la política y la voluntad popular le confió; persona humilde, común, austera y reservada. ¡¡Rara avis de político argentino en estos tiempos que corren!!

Pues bien, Hermes Binner tenía en alto honor ser exalumno de la Primaria del Colegio de los Maristas de Rafaela. Me lo confió personalmente en un diálogo informal que tuvimos en ocasión de la puesta en escena del musical Fiesta del Señor del Padre Gallego en el Monumento Nacional a la Bandera, espectáculo al que fue invitado por la JAEC (Junta Arquidiocesana de Educación Católica) en su calidad de Intendente.

Me tocó recibirlo junto con otras personas a su llegada y tras los saludos de rigor, en un momento dado me dijo: “Hermano, no sé si usted sabe que yo fui alumno de la Primaria de los Maristas de Rafaela y guardo un gratísimo recuerdo de los Hermanos de la época.  Nunca los he olvidado. Y entre los muchos valores que nos inculcaron, hay dos que se me quedaron grabados a fuego: uno tiene que ver con el respeto por la mujer y el otro con el cuidado y atención por los más necesitados. El primero se sostenía en la figura de la Virgen María a quien los Hermanos nos invitaban a rezar e imitar y el otro se basaba en la experiencia de ir a los barrios periféricos de Rafaela para ayudar a las familias más pobres y olvidadas. Sin duda que estas experiencias marcaron fuertemente mi infancia y han sido inspiradoras para toda mi vida personal, profesional y política”. ¡Hermoso elogio lleno de gratitud para con sus esforzados educadores!  

Nuestra siembra educativa da frutos insospechados que, cuando los conocemos, nos esponjan el corazón, pero por lo general, quedan en el anonimato. A pesar de todo, nos toca seguir sembrando siempre con tesón y esperanza.