El 28 de octubre celebramos este encuentro tan decisivo en la vida de Champagnat para la formación del Instituto Marista.

“Un acontecimiento, sin duda providencial, vino a acabar con las vacilaciones del señor Champagnat y a decidirlo a no dilatar por más tiempo la fundación de los Hermanos.”

Un día lo llamaron para confesar a un niño enfermo y, según su costumbre, se puso inmediatamente en camino. Antes de confesar al muchacho, le hizo algunas preguntas para saber si tenía las disposiciones necesarias para recibir los sacramentos. ¡Cuál no fue su sorpresa al comprobar que ignoraba los principales misterios y que ni siquiera tenía noción de la existencia de Dios! Profundamente afligido al encontrar a un niño de doce años en tan absoluta ignorancia, y asustado al verlo morir en esta situación, se sentó a su lado para enseñarle las verdades y los misterios fundamentales de la salvación. Dos horas empleó en instruirlo y confesarlo y sólo con gran esfuerzo consiguió enseñarle lo indispensable, pues el niño estaba tan enfermo que apenas comprendía lo que le estaba diciendo. Después de confesarlo y haberle sugerido actos de amor de Dios y contrición para disponer lo a bien morir, lo dejó para atender a otro enfermo que se hallaba en la casa vecina. Al salir, quiso saber cómo se encontraba el muchacho. «Falleció poco después de dejarlo usted» dijeron sus padres sollozando.

Un sentimiento de alegría por haber llegado tan oportunamente se mezcló en su alma con otro de temor al comprobar el peligro que había corrido el pobre chico al que acababa de librar quizá de condenarse. Regresó embebido en estos pensamientos y repitiendo en su interior: “¡Cuántos niños se encontrarán a diario en la misma situación y correrán los mismos riesgos por no tener a nadie que les enseñe las verdades de la fe!» Y la idea de fundar una Sociedad de Hermanos, dedicados a impedir este peligro por medio de la educación cristiana, se hizo en él tan obsesiva que fue a buscar a Juan María Granjon y le expuso sus planes. Después de ponderarle el bien que el proyectado Instituto estaba destinado a realizar, le preguntó si estaría dispuesto a formar parte de él para dedicarse a la educación de los niños. El joven, que le había seguido con suma atención, le respondió: «Estoy en sus manos. Haga de mí lo que quiera. Me consideraré inmensamente feliz de poder consagrar mis fuerzas y salud e incluso la vida a la instrucción cristiana de los niños, si considera que sirvo para eso.» Encantado y edificado por esta respuesta, el señor Champagnat le dijo: «¡Animo! Dios te bendecirá y la Santísima Virgen te enviará compañeros.» La promesa no tardó en cumplirse, y el sábado de la misma semana vino otro muchacho a compartir la misma vida» (Vida de José Benito Marcelino Champagnat – H. Juan Bautista Furet – 1856)