El 31 de octubre de 1996, cuatro Hermanos maristas fueran asesinados en el campo de refugiados de Bugobe. Eran los Hermanos Servando Mayor, de 44 años, Miguel Ángel Isla, de 53, Fernando de la Fuente, de 53, y Julio Rodríguez , de 40.

Esos cuatro Hermanos trabajaban desde hacía más de un año en el campo, en el Congo, en la frontera con Rwanda. Los refugiados se habían convertido en “su verdadera familia”, la preocupación de su corazón.

El 31 de octubre de 1996, todos los refugiados huyeron, sin embargo los Hermanos decidieron quedarse en el refugio para prepararse a acoger de nuevo a la gente. Lamentablemente, esa misma noche fueron asesinados.

La presencia marista en el campo de refugiados de Nyamirangwe (Bugobe) data del mes de agosto de 1994, después del terrible genocidio de los meses precedentes, que produjo al menos 500.000 muertos. Muchas personas de la tribu hutu huyeron, sobre todo al Congo (Zaire) y formaron campos de refugiados. Seis de nuestros Hermanos de esta etnia decidieron ayudar a estas personas. Optaron por el campo de Nyamirangwe, cerca de Bukavu, en el Congo. Fueron ellos los que lanzaron esta iniciativa extraordinariamente apostólica y lo hicieron con toda su generosidad.

A medida que he ido conociendo este proyecto, ha crecido mi admiración y amor a los Hermanos que lo iniciaron y continuaron”.

(H. Benito Arbués).

A partir de septiembre de 1995 fueron progresivamente reemplazados por los Hermanos Servando Mayor y Miguel Ángel Isla. El Hermano Fernando de la Fuente llegó de Chile en febrero de 1996, y el Hermano Julio Rodríguez, que trabajaba en Goma, vino a completar esta comunidad el 12 de junio de 1996. En el campo, donde dominaba la miseria y la violencia, continuaron las actividades de los Hermanos ruandeses, pero atendieron también a los ancianos, los enfermos, la alimentación de 300 niños, el transporte sanitario…, y habían puesto en marcha incluso un molino para ayudar a las familias proporcionándoles harina.

Nuestros cuatro Hermanos habían dicho sí a una misión que entreveían muy difícil y la experiencia les convenció de que sus vidas corrían peligro.

Ahora soy mucho más consciente de la realidad en que estoy metido y a veces aflora a mi conciencia un miedo sordo, como chispas vivas y fugaces. De todos modos, sé bien de quién me he fiado y voy con alegría al refugio… Este mundo (occidental) no es el mío; hay demasiada abundancia y allí demasiada necesidad, pero el hombre allí es más hombre”.

(H. Miguel Ángel)